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El Supremo y los coches.

Uno de los puntos de fricción más frecuentes entre la Administración Tributaria y los contribuyentes tiene que ver con la deducción de gastos ocasionados por el uso de automóviles.

Quien se “funde” un coche en uso sustancialmente profesional tiene dificultades para entender el placer que parece encontrar la administración convirtiendo ese gasto en consumo o disfrute personal.

Hay que comprender que esta reacción hipersensible quizá tenga que ver con algún tipo sociológico, o cuñado, alardeando de cochazo con desgravación.

En el ámbito del IVA, que no deja ser un tributo supervisado por alguien que manda más, la solución de Salomón, la mitad para cada uno, no contentó a nadie, por esencialmente injusta, aunque no deja de ser una solución.

En al terreno del IRPF, libre de nefandas injerencias extranjeras, la solución carpetovetónica se orienta, más bien, a un todo o nada a través de la exigencia de afectación exclusiva, complementada con la prueba diabólica de tal exclusividad.

Los contribuyentes, no obstante, no se rinden, posiblemente influidos por el cuajo que hay que tener para decir una cosa en un impuesto, el IVA, y otra distinta en el correlativo IRPF.

De modo que ha tenido que venir, el 13 de junio, el Tribunal Supremo a poner orden.

El alto tribunal, haciendo bueno aquello de que una cosa es moverse entre dineros y otra moverse entre conceptos, enriquece los tesoros de la retórica tributaria con distinciones tales como la afectación parcial y afectación alternativa para concluir que la exigencia de afectación exclusiva es ajustada a derecho.

Le parece grave al Tribunal Supremo que se puede llegar a afirmar que la no deducción de estos gastos vulnere el principio de capacidad económica, pero se tranquiliza al constatar que el Tribunal Constitucional no ha dicho tal cosa y sí por el contrario que el Legislador puede hacer lo que le parezca.

La conclusión es que, si necesita el coche para trabajar, peor para usted. Piense que estos viajes tienen la consideración de viajes de placer, y si lo dicen las altas instituciones del Estado, pues será que es así. Relájese y disfrute.

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