Cena, tributaria, de Nochebuena
Dice la doctrina clásica de la Hacienda Pública que los efectos de los impuestos exceden a la simple transferencia de renta del contribuyente al sector público.
Eso pasa, pero, además, los impuestos pueden interferir en la asignación de recursos al alterar los precios relativos. Generan costes al propio sector público para recaudarlos y costes a los contribuyentes, ahora obligados tributarios, para cumplir con las obligaciones formales que acarrean.
Todo esto es evidente, y aquí tenemos el primer ingrediente de la cena.
España cuenta con una extensa tradición de arbitristas empeñados en encontrar una “contribución única” que garantizase la suficiencia de la que carecía históricamente la Hacienda Pública. Esta propensión marginal a la ocurrencia es el segundo ingrediente.
El tercero es claramente ideológico; la transferencia del sector privado al publico fue considerada un coste por los clásicos mientras que hoy, un amplio sector de la población lo considera algo positivo en si mismo. Si los precios se alteran, peor para ellos. Algo habrán hecho. Y en cuanto a los costes tanto públicos como privados ese mismo sector de población prefiere verlos como oportunidades en empleo, aunque requieran de más impuestos. Este último aderezo está claro que va batido, o revuelto.
Con estos ingredientes se cocina nuestro menú de Navidad. Por lo menos el tributario. El otro más vale que no.
Con semejante cena de Nochebuena, y, a un paso del cambio de año, uno siente que hay que hacer algo. Y ese algo será, inevitablemente, escribir la carta a los Reyes Magos. De modo que, con este ánimo en el cuerpo, nos ponemos a la tarea:
“Queridos Reyes Magos:
Este año, no diré que he sido bueno, que esto lo lee mucha gente y habrá quien esté de acuerdo y quien no. Se ha hecho lo que se ha podido.
En todo caso, como no pido para mí, imagino que sus majestades podrán ser más indulgentes.
Pido, para los ocurrentes en materia tributaria, un gran cajón surtido de gaseosas variadas, para que puedan hacer los experimentos sin romper nada que merezca ser cuidado.
Pido que antes de arreglar el mundo se lo piensen dos veces y que tengan claro que no hay forma de hacer la tortilla sin romper los huevos, y esta rotura no tiene reversión.
Y pido, para todos, puesto que hay alguna evidencia de que no vemos las cosas igual, la capacidad de ponernos de acuerdo, siquiera en lo esencial. Que no parezcamos cuñaos en Navidad.
Por último, para quien haya llegado hasta aquí, que le sea conservada la paciencia que demuestra, y para todos los demás, unas felices fiestas y un inmejorable año 2025
Que os sea leve el encargo, queridos Reyes”
